Los domingos son de lo peor, a veces desearía tener poder sobre el tiempo. Que fuera más lento o más rápido a según, casi siempre más lento. Es que como a las cinco caigo en consciencia de que no he hecho ninguna de las cosas propuestas para el fin de semana, que no he puesto a punto el inicio de semana, que no he organizado las gavetas, que no cociné la receta que quería para hoy y de todos modos el fregadero se desborda (odio fregar, es el quehacer más ingrato, apenas terminaste te da sed y ahí está empezando todo de nuevo), que no he escrito ni un solo artículo de la revista, que como siempre el cierre se me viene encima, que los anuncios, que no dispuse lo que cada quien iba a hacer, uff, en fin ¡que odio el puto domingo! O más específicamente las tardes de los domingos, porque la mañana es toda una promesa, cuando te despiertas y te das cuenta que te queda otro día por dormir hasta tarde, uno desprovisto de diligencias (claro eso es hasta que me despierto totalmente y comienzo a hacer repaso mental de la lista propuesta el lunes anterior) y que existe la posibilidad de que vayas a la librería, que vayas al super o simplemente veas la repetición de la serie que no pudiste ver durante la semana.
Hoy (domingo en la tarde por supuesto) no ha sido diferente. Estoy ante el computador dándole vueltas al montón de correos por enviar, etc. etc. etc., pude hacer el bizcocho del que me antojé ayer. Me quedó de lo más bien y haciendo honor al deseo me lo atoré en 3 caídas, confiando siempre en que mañana si va a ser el día en que por fin voy a aprovechar las vacaciones de P., ir temprano al gimnasio y de una vez por todas agarrar el maldito hábito que perdí hace un año y que los michelines, surcos y huecos de mi celulítica geografía no me han permitido volver a encontrar. En fin, típico domingo, no obstante me pasó algo de lo más curioso, que es lo que me hizo retornar a escribir un posteo nuevo con un ánimo diferente. Cuando iba a anotarme el tercer "round" de mi deliciosa creación, el viejo P. cómplice fiel en todas mis aventuras culinarias, estaba a mi lado haciendo su turno con su plato en la mano, cuando sentí que tembló la tierra ¿P. está temblando la tierra?, al tiempo que pensaba que a lo mejor estaba sufriendo de un subión de azúcar, o lo más probable es que P. con su acostumbrado entusiasmo con todo lo que tiene que ver con comida, había movido la mesa. Pero por un momento sentí sinceramente que estaba iniciando un terremoto y al confirmar que no era así pensé que con todo y susto era buena forma de morir, y aunque las circunstancias no iban a requerir autopsia alguna, creo que mi cara de plenitud(la que sólo se tiene cuando estás repleto hasta el tope de una comida deliciosa o después de un orgasmo) revelaría que habría muerto satisfecha. Y como una revelación (que así son todas, se presentan en el momento más mundano, terrenal y sencillo) comprendí que hasta en un desgraciado domingo, es posible encontrar felicidad aunque sea poca, como una cucharada ¡o treinta! de un bizcocho de vainilla.